Archivo del Autor: arantxaserantes

Acerca de arantxaserantes

humanista y escritora

(G)Local

Fuente: El Correo Gallego, 1/6/2020

Ahora que podemos salir de nuestras casas y que vamos tomando posiciones, tratando de encajar la nueva realidad, me pregunto si seremos capaces de acometer una transición justa que no solo compense a los sectores que tradicionalmente generan “ruido social”. Los pequeños y medianos productores pueden ser la salvación a la hora de crear una agenda ECO más centrada en el rural, en el conocimiento de lo tradicional y de lo que fuimos perdiendo. Nada ha sido tan útil como saber coser o tener un pequeño huerto, como ahora. Lo más sostenible es hacer patria y no aparentarlo sólo con palabras.

Lo que puede resultar más preocupante de esta situación es la desmaterialización de la economía tratando de evitar el encuentro personal desde oficinas, universidades, etc como pretexto para reducir los recursos y maximizar el beneficio bajo la máscara de seguridad, cuando casi nadie lleva la mascarilla (algo insólito, sabiendo lo que nos jugamos). Si no se tienen muy presentes esas mínimas reglas de juego, seguiremos ahuyentando la posibilidad de transformación social hacia el cambio, porque desde la apatía y el descuido no habrá una mejora sustancial.

Trasladar todo al mundo virtual resulta tan drástico como innecesario y además nuestras telecomunicaciones todavía distan mucho de estar plenamente desarrolladas, lo que aumenta la desigualdad tanto a los proveedores de un servicio o producto como a sus potenciales clientes o destinatarios del mismo. Lo hemos comprobado con la teleformación y el teletrabajo y cómo esto afecta a nuestra percepción y capacidad, tanto a niños como a adultos.

Dejar de lado la excesiva deslocalización provocada por la globalización supondría una mejora sustancial así como la expansión de una falsa idea de economía circular en la que se usan los recursos de los propios trabajadores para abaratar costes y sin ningún incentivo, lo cual es un verdadero abuso y tiene poco de colaborativo. Faltan herramientas y conocimientos previos, porque una crisis como esta va más allá de lo económico. Es una llamada de atención a priorizar lo que verdaderamente importa y a ser coherentes de una vez por todas.

Este reseteo nos lleva a un punto de inicio aunque no se sabe hacia dónde ¿Sabremos sacar partido de nuestras redes humanas? Sí, aquellas que conectan personas bajo una misma plataforma para crear iniciativas comunes. Algunos bares lo han hecho, para poder sobrevivir, consiguiendo ser creativos a su modo, mediante sistemas de micromecenazgo que evitarán su cierre. Otros se valieron de mapas, para facilitar una guía de recursos y servicios necesarios durante y tras este período de pandemia. No resulta difícil si nos ponemos de acuerdo y emprendemos una búsqueda activa de aquello que nos une con el fin de crear sinergias. Puede que los otros tengan aquello que nos hace falta. Y es que lo global también puede convertirse en (G)Local, sin ir más lejos.

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(Zoom)bies

Fuente: El Correo Gallego, 30/4/2020

Como si de una novela de ciencia ficción se tratara, ha bastado la llegada del covid-19 para digitalizar a to-do un país. No estábamos preparados para ello, ni las universidades, ni los negocios, ni las relaciones personales. Lo virtual debía imponerse frente a lo real para no perder la información ni la comunicación: Webminars, teleformación, teletrabajo, son algunas de estas innovaciones que trae consigo la cuarentena.

Cuando tratamos de vaticinar qué ocurrirá después, sabemos que el contacto humano tardará en llegar y habrá de mantenerse la distancia de seguridad. Así que la forma de relacionarse y socializar se irán erosionando aunque tratemos de negarlo.

Estamos siendo sometidos a una prueba, un experimento social insólito cimentado en el cinismo, el hastío y el miedo que los bulos han distorsionado, en lo que respecta a la manipulación de las noticias sumados a un importante déficit en ciberseguridad y a cierta brecha digital que aún sigue imponiéndose, limitando el derecho a la educación y a la información de la ciudadanía.

En momentos como este, dudo que se nos esté contando toda la verdad. Cuántas personas habrán muerto en soledad, cuántos ancianos quedaron abandonados a su suerte, cuántas medidas llegaron a destiempo por incompetencia y falta de conocimiento, porque no se consulta a auténticos expertos ni a los agentes sociales, que han conseguido organizarse mejor e infundir ánimos a aquellos que lo necesitan.

La distinción entre hechos y ficción (realidad de la experiencia) y entre lo verdadero y lo falso es muy difusa. Han dejado de existir y todo es apariencia. Detrás hay deslocalización, miedo al cambio social y odio al que venga de fuera, mientras nos atrincheramos en la burbuja cual peces de ciudad en su pecera, porque los dirigentes de nuestro país no saben ver el mar ni anticiparse a los problemas.

El sentido de una realidad compartida y de una comunicación interpersonal hacen que el lenguaje sufra una corrosión estremecedora que devalúa la verdad, porque nos puede la circunstancia y por eso preferimos no salvarla, no pensar.

¿Nos emociona que alguien salve nuestra vida o la de alguien a quién queremos? Entonces, ¿Por qué tenemos esa doble moral como para dejar notas en las puertas y luego aplaudir desde el balcón?¿Es eso un ejemplo de coherencia? Y esto es sólo un ejemplo.

La premio Pulizter Michiko Kakutani, en su libro La muerte de la verdad, habla de los negacionistas, que sobreviven y crean opinión a base de bots, sumando adeptos automatizados o con identidades falsas, cual muertos vivientes, que hacen posible la proliferación de todo aquello que envenena al mundo, porque NO EXISTE desinformación inocua.

Todo apunta a convertir la indiferencia hacia la verdad en algo corriente y la victoria será para aquellos que dan, porque tienen un don y saben lo que es verdaderamente esencial y no se trata sólo de pan.

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Una llamada para los indeciSOS

Fuente: El Correo Gallego, 26/3/2020

Todo sigue una secuencia lógica y ha hecho falta una pandemia para que se restituya el equilibrio. Estos días de reclusión son como una purga de la que podemos sacar grandes enseñanzas, porque surgen infinidad de preguntas: ¿Conocíamos a nuestros vecinos o nos preocupábamos realmente por ellos antes de esta crisis sanitaria? ¿Sabíamos el impacto real que causábamos tanto a nivel ambiental como económico (consumismo)? ¿Estábamos realmente preparados para algo así? No quiero pensar que nuestro tiempo de respuesta habría sido menor si la infraestructura de I+D así como la educación y prevención, fuesen la prioridad número uno de este país.

Tal vez habríamos tenido mascarillas 3D reutilizables, mejores fármacos y materiales, etc. Lo peor es que este mal se repite tomando diversas formas. Hoy se llama coronavirus, en el pasado el Prestige o incluso períodos de recesión y crisis, que siempre tienen el mismo componente: Una mala y desproporcionada gestión de los recursos públicos.

Teniendo en cuenta que el actual orden mundial tampoco ayuda, que se viralizan los bulos, que hay una confusión creciente por la ausencia de valores, así como una comunicación sesgada, manipulación e intereses de los mercados que impulsan y fortalecen ese dominio, terminan provocando el caos que llega a nublar el sentido común. Tenemos que aprender algo de todo esto. Estar confinados debería despertar nuestras alarmas.

Algo no va bien y esta es una consecuencia directa. Formamos parte de una gran red donde una importante cantidad de personas anónimas velan por nuestro bienestar: Profesores, médicos, limpiadores, autónomos, entre muchos otros. Ninguno de ellos es futbolista ni estrella de cine, pero son los que en estos momentos, siguen ahí.

Cuando la prioridad es sobrevivir o simplemente vivir en paz, se necesita lo imprescindible. Pero, ¿qué está pasando con ancianos o con los sin techo? Puede que llenemos carros de la compra o que invada el miedo escénico, pero la vida es mejor cuando es compartida. Aquí y ahora. No esperemos a que llegue mañana para hacer una llamada, acompañar virtualmente a alguien o llevarle comida al que lo necesite. Esta es una llamada para los indeciSOS o miedosos. La esperanza no ha de hacerse esperar.

Quizás no sea de un día para otro, pero esta causa común hace los infiernos más llevaderos. Somos la consecuencia de nuestros actos. Nuestro papel principal en esta historia es SER HUMANOS. El tiempo que nos lleve entender que la tecnología es un medio para acercarnos y no la solución definitiva a problemas de operatividad, comprobaremos que el progreso es otra cosa y no lo que nos han contado.

Quedarnos en casa está siendo una forma de canalizar la creatividad, de reformular el concepto de soledad, de búsqueda de espacios que no han sido explorados con anterioridad. Deseo que cada mensaje o meme que enviemos sirva para confirmar que volveremos a vernos.

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Todo el mundo miente

Fuente: El Correo Gallego, 15/01/2020

Está demostrado. Cuando estamos solos ante una pantalla de ordenador somos realmente otros. Los buscadores lo delatan. Nuestras preocupaciones y aspiraciones se revelan como consecuencia de ese lado oscuro de incertidumbre que se aplaca bajo un alentador “voy a tener suerte”, como respaldo a todo lo que nos inquieta. No importa si es absurdo o trascendental. Si existe, aparece. Como un oráculo, recibimos infinidad de respuestas con mayor o menor precisión, pero descubrimos que tal vez haya una solución o que alguien también se ha hecho la misma pregunta.

Un reciente estudio que analiza cuatro años de búsquedas, crea un retrato robot de nuestra sociedad y nos describe como racistas, egocéntricos y sobre todo obsesionados con el sexo. El analista de datos Seth Stephens-Davidowitz dice que se trata de la mayor base de datos sobre la psique humana que podamos encontrar con un alto índice de veracidad. Por eso podemos llegar a ser predecibles y quizás en medio de esos datos lleguemos a saber por qué somos así y el motivo que nos lleva a elegir de una forma u otra. No creo que exista algoritmo que pueda predecirlo porque siempre hay un principio de incertidumbre, pero puede ser una medida bastante precisa de los problemas a los que nos enfrentamos en la sociedad. En su libro Todo el mundo miente hay una muestra, de lo que los ocho billones de datos que generamos, puede proporcionar.

Cuando se hacen encuestas, entendemos que no siempre se dan los resultados esperados, porque tenemos en cuenta que tratarán esos datos. Así las expectativas no se cumplen, porque falta algo esencial: el anonimato. No queremos vernos sometidos a un juicio de valor ya que la caja negra de nuestros pensamientos necesita verse libre de prejuicios para tomar distancia y justificar la respuesta. A la vista de los datos que ha estudiado Stephens, me pregunto qué áreas de la vida nos importan más.

¿Seremos tan superficiales o egoístas como para buscar nuestra simple satisfacción y somos el resultado del imperio de los sentidos o por el contrario hay algo más? ¿Aquel animal racional llamado ser humano busca trascender más allá del dominio y el poder o prevalece el animal que hay en nosotros?

Como contrapunto de este asunto es que el resultado de estos datos también puede estar sesgado, porque nuestras búsquedas se encuadran en una serie de patrones culturales y tabúes que determinan nuestro carácter. La necesidad de encajar y la propia evolución crean esta forma mental construida socialmente, que en ocasiones supone una barrera para el autoconocimiento. Por eso nos ha costado tanto admitir las evidencias de la ciencia revolucionaria representada en tantos genios de la historia, ya que son una rareza y constituyen el eje del cambio, la transformación de nuestro mundo en medio de un pensamiento uniforme. Son las sombras, las que no permiten ver la luz. Todavía seguimos en la caverna.

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Hacia la infosfera

Fuente: El Correo Gallego, 4/11/2019

Un mundo inmaterial. Un marco de ética informativa en el que una multiplicidad de entes que coexisten e interactúan utilizan la información como recurso y en menor medida la alfabetización digital como medio. El ambiente semántico ha cambiado. Somos inforgs en palabras del prof. Luciano Floridi. Organismos informativos interconectados o integrados por un dispositivo: el móvil. Es la principal fuente de modelado de la mente porque es un instrumento comunicativo vital que interviene y hace frente al mundo de los datos, diseñándose así una arquitectura cuyos modelos y representaciones están en ciernes, sin una ética definida. Digamos que es una visión constructivista de la información.

No hay prevención alguna ante la posible corrupción y agotamiento así como la reducción en calidad, contenido y valor de la información, porque ni siquiera se plantea de manera coherente, lo que colisiona con las libertades y derechos fundamentales, ya que se ha abandonado la perspectiva antropocéntrica. No hay interés en informar a las personas, para que estas entiendan el proceso de forma natural y progresiva. Hay un condicionamiento previo para enseñarnos a pensar conforme a un modelo programático para evadir el espíritu crítico.

Tan sólo una brecha intergeneracional, con cierto sentido crítico y perspectiva, cuya accesibilidad con respecto al ámbito digital, sigue en ciernes, contempla esta revolución desde un escepticismo pragmático que valora la inmediatez de los canales informativos, siendo consciente de su sesgo.

La infosfera como tal es un ecosistema en el que se desdibuja la frontera humano / artificial. Será difícil comprender quién está detrás, cuando solicitemos información o cuando requiramos un determinado producto y/o servicio, porque el entrenamiento al que está siendo sometida la IA, la hará mucho más eficaz aunque no estará exenta de errores, de los que como usuarios, no seremos realmente conscientes porque los parámetros estarán predefinidos.

Parece increíble que hayan pasado cincuenta años desde la creación de Arpanet (la abuela de Internet) y que se conmemorara hace bien poco aquella hazaña inesperada. ¿Cambió algo desde entonces? Formalmente, ha sido vital, pero hay un oligopolio detrás que no permite que prolifere lo esencial.

Internet está sumida en una transición caótica. No hay un plan de seguridad, acceso universal, balance entre el poder de las empresas y el de los usuarios, ¿Dónde queda la teleología de la infosfera entonces?

El cómo se organizarán y seleccionarán los patrones de búsqueda, los resultados obtenidos, las jerarquías, las interacciones que muchas veces son redirigidas o interceptadas que nos alejan de los verdaderos actos comunicativos, ya lo estamos viviendo y en muchos casos, indigna, porque preferimos el reduccionismo de la prisa.

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Contraculturas

Fuente: El Correo Gallego, 26/8/2019

Las cosas, no sólo son cosas, llevan huellas humanas. Ya lo decía Remo Bodei en uno de sus libros y cada vez que me acerco a un cuadro, un poema o una canción viene a mi esa frase para recordarme la gran energía afectiva que hay detrás de la obra de arte, que es el aspecto más tangible de la cultura.

Me conmociona ver los sistemas de relación actuales porque la cultura es una industria, pero se va un paso más allá convirtiéndola no sólo en un negocio sino en una adalid de la palabra entretenimiento. La cultura asociada al conocimiento se reduce a lo meramente científico donde el entretenimiento será la nueva nada de esta historia interminable. Cuando el ocio lo envuelva todo, porque robots y algoritmos hagan gran parte de la tarea, me pregunto con qué llenaremos ese gran contenedor llamado tiempo, ya que nuestra vida productiva habrá cambiado.

Un anticipo de esta futura situación son algunas de las ferias a las que llevo asistiendo, que un día fueron culturales, en el sentido de que participaban editoriales y artistas que daban a conocer sus trabajos y que veían en esos espacios una oportunidad para visibilizarse, mientras que ahora las empresas tecnológicas forman parte de ese tejido sustituyendo a los anteriores, aumentando exponencialmente su presencia, ya que pueden permitirse tener un stand en estos eventos.

Esos artistas independientes acaban encontrado su espacio de la forma más inesperada en un ambiente más friki o maker alejado de eses otros círculos que ya tienen unos circuitos preestablecidos de cara a la promoción y desarrollo de producto. Así se retroalimenta un sistema cerrado de conocimiento reducido al ámbito del entretenimiento.

La cultura nunca fue una industria, especialmente, en aquellos tiempos en los que la obra de arte no era una simple réplica, entendida como objeto de consumo. En España incluso me atrevo a decir que la rentabilidad económica se ha impuesto frente al valor histórico, llegando a la banalización. Desde aquella reciente crisis que arrebató las ayudas a la creación cultural y redujo todo a ideología e intereses privados, la originalidad brilla por su ausencia. Sólo queda el refugio de las producciones indies, que nunca renunciaron a la calidad. Quizás algún día se conviertan en objeto de culto y análisis.

No es incompatible favorecer la gamificación e impulsar las tecnologías en sectores que la infrautilizan, con potenciar la innovación propia que aportan los nuevos creadores desde la contracultura propia del superviviente con talento que se encuentra oculto entre las redes sociales, exponiendo en algún café o vendiendo sus bocetos en una pequeña tienda. A veces, incluso son los seguidores en las redes la resistencia que hace posible que muchos proyectos se materialicen. Hay auténticos tesoros por descubrir y no dejará de sorprenderme esa intranet profunda de la que van emergiendo, como unos valientes, porque hacen lo que sueñan.

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Buscando el ce(n)tro

Fuente: El Correo Gallego, 3/6/2019

Una ciudadanía heterogénea. Con apenas dos puntos en común: El resentimiento o la convicción fundadas en un pasado que evoca la retórica del “establishment” y desea ver renacer el centro, un punto común que se aleje de los extremos.

Sociológicamente, esto va más allá de una crisis de representación democrática. Es mucho más profunda, ya que la polarización se extiende y crea sus propios guettos, más allá de cualquier juego de poder, la reconfiguración de este espacio viene desencadenada por la globalización, en la que que ya no hay un público definido, una ciudadanía autóctona a la que dirigir el mensaje. La diversidad cultural y social ha abierto la brecha del centro ante el ansia de verse representados y seguros ante un escenario de incertidumbre que se agranda cual agujero negro, ante la decisión y la indefinición que provocan los eventuales resultados, que en lugar de aportar una mayor riqueza y amplitud de miras trae consigo a un electorado disperso que elige a Trumps y Bolsonaros.

La democracia actual está siendo remendada en vez de renovada. Los militantes tienen el mismo peso que los que simpatizantes partidarios y es así como el sistema de devora a sí mismo, porque la legitimidad de la jerarquía interna se disuelve, al igual que los partidos clásicos.

Como sociedad líquida, nos movemos y agrupamos mediante una comunicación instantánea a través de redes sociales llenas de escarnio, resentimiento y ataques personales en lo que a política se refiere. Es ahí donde el discurso es más disperso y anónimo e incluso automatizado por bots.

¿Dónde quedó el auténtico mensaje electoral? Las respuestas, el discurso audible para los que quieren una España mejor.

Todos los indicios apuntan a que se seguirá alimentando una superioridad moral de orden económica, es decir, de supervivencia, porque mientras sigan los cantos de sirena, no habrá medidas concretas para todos los deshauciados, los precarizados laboralmente, los dependientes y un largo etcétera que siguen sin voz ni voto, porque importa más el mercado y mantener este sistema en pié.

No hay izquierda ni derecha. Sólo una desilusión y frustración que podría cambiar con una reforma electoral profunda y una revisión de discursos fallidos que nos ponga en el s.XXI, porque llevamos esperando demasiado el cambio.

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La gestión del poder

Fuente: El Correo Gallego, 17/4/2019

Qué complejo es medir el pulso de la fuerza política. Y más aún a la luz de los actuales acontecimientos y giros inesperados que brotan de nuevo como fruto de un electoralismo que se valdrá de las formas más surrealistas posibles, para seguir haciendo historia, porque no hay aires de renovación auténtica. En el fondo, la oferta sigue siendo la misma y el producto no ha mejorado con el tiempo, porque la reforma electoral ni está ni se le espera en el actual horizonte. Un error que sigue perpetuándose y revela la ineficacia de las instituciones.

Si el panorama no mejora, la desaceleración crecerá sin remedio y ya nos podemos ir despidiendo de un progreso científico y tecnológico que nos haga punteros en la línea de otros países de la UE. Eso es lo que garantizaría el crecimiento y el futuro de nuestro país.

Los políticos actuales siguen buscando en los cajones de la memoria histórica, motivos para lograr una catapulta electoral con el mínimo esfuerzo intelectual para ganarse sus competencias a pulso. La tecnología comienza a entrar en juego, pero no para hacer la gobernanza más inteligente, creando instrumentos para facilitar la participación electoral, sino con cierta premeditación para acercarse a nuestros dispositivos móviles y crear un vínculo de proximidad virtual a partir del cual seguir siendo objeto de mediciones y predicciones sobre intención de voto.

Por otra parte, la división social está siendo cada vez más evidente. Los partidos se fragmentan al mismo tiempo que se van liquidando estados de bienestar por medio de reformas y privatizaciones no consultadas. Ya no hay conquistas sociales ni laborales. Sólo dispendio de fondos públicos y corrupción. Así, ¿cómo va a haber ilusión de voto?

Hay partidos que son prácticamente invisibles, de los que apenas conocemos su programa electoral o tan siquiera de su existencia. Eso tampoco es muy democrático, porque tendrían el mismo derecho a acaparar los medios y espacios de difusión electoral.

Las respuestas brillan por su ausencia, se ahonda sólo en la polémica de ceses e incorporaciones, haciendo de la divergencia una moda. Todas estas dinámicas son más una teatralización, que una verdadera apuesta por salvar al país de su circunstancia. Hay muchos frentes abiertos, ¿Quedará algún patriota en la sala?

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Precursoras

Fuente: El Correo Gallego, 28/1/2019

Observo con detenimiento los términos a los que se asocian los logros realizados por las mujeres y surge en mí el desconcierto cuando justo detrás de sus nombres aparecen expresiones y frases que de algún modo matizan o dejan vago si se trata de un verdadero logro con nombre y apellidos o si sólo fue la sombra de un gran hombre al que se le otorgó un Nobel o alguna otra distinción. Lo más curioso de este caso es que bastantes de estas referencias, quienes las redactan son mujeres.

Se deja caer que formaban parte del equipo, que colaboraban o co-inventaban algún artefacto o que sentaron algún precedente con alguna que otra inconveniencia: ser madre, tener menor formación de la requerida, etc. No se hace suficiente justicia histórica y el lenguaje pone serias dificultades a la hora de acompañar este proceso de revalorización y recuperación de sus respectivos legados. Hay un problema de enfoque en la relación tecnología/mujer. Un prejuicio que subyace entre inteligencia lógica y creativa. Esta última se asocia a la mujer y eso dificulta que la tomen en serio cuando se trata de realizar tareas que impliquen un razonamiento lógico o simbólico. Se trata de un conocimiento sociológico que es difícil de sustraer del subconsciente colectivo.

El auge de las STEM se vincula a algo funcional, dirigido al desarrollo de unas habilidades que estaban en estado latente, pero que no se llevaron a la práctica como consecuencia de unos roles de género. No es cuestión de cerrar una brecha espacio-temporal, ni una falta de referentes o de inspiración, porque todas las que fueron y las que ahora estamos aquí, podemos decidir cómo y qué queremos ser. Sería muy positivo que nos reescribiéramos a nosotras mismas y que fuésemos verdaderas aliadas a la hora de favorecernos mutuamente pues, en ocasiones, existe una verdadera competitividad, como si se anhelara un reconocimiento a ultranza, tratando de imponer unos hitos construidos artificialmente bajo la palabra “empoderamiento”. Nosotras no tendremos nunca la última palabra, ni seremos mejores que nuestras precedentes, pero podemos ser precursoras para las que vendrán y lo ideal sería no cometer los mismos errores. Sin “resetear” ese disco duro, no se abrirán las puertas a ese nuevo concepto de mujer innovadora en un ecosistema digital.

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Jürgen Habermas

Fuente: El Correo Gallego, 24/11/2018

El nombre que da título a este artículo remite a uno de los filósofos vivos de mayor impacto. En un reciente discurso que llevaba por título: Nuevas Perspectivas para Europa pronunciado en el Colegio de Humanidades de la Universidad Goethe de Fráncfort pone de relieve un asunto que nos preocupa a todos, en un contexto de inestabilidad política y económica derivada de procesos electorales y fracturas internas que ponen en tela de juicio el valor de la unidad.

La unión política europea se disfraza bajo un objetivo común: plantar cara a las reformas derivadas del proteccionismo económico estadounidense y a la deriva que puede suponer la separación con el Reino Unido. Una ecuación que todavía tiene algunas incógnitas por despejar. Mientras los intereses nacionales siguen siendo una prioridad de populismos extremistas, la eurofobia se extiende como un espectro al que hemos dado cabida en el sistema a través de asuntos tan graves como la inmigración o el derecho de asilo. Esta obsesión unida a la inestabilidad de los mercados son el germen de un gran mal endémico, azotado por la devaluación institucional por parte de la opinión pública.

Esta desorientación y falta de rumbo es una consecuencia que parte de intereses creados por parte de los l­obbies, ya que un modelo de economía circular no egoísta dejaría fuera los relatos envenenados por noticias falsas y peligros magnificados que bloquean la cuestión primordial, que no es otra que dar paso a un debate/culminación de un proyecto de Unión Europea sostenible y realista que dejaría de lado intereses individualistas impropios del espíritu comunitario.

¿Dónde quedó el corazón de Europa? Desde sus entrañas heridas se deja ver la profundidad de una vasta cultura compartida ¿En qué momento nació el autoodio y se perdió la razón mediadora? ¿Estamos ante la agonía de Europa? Pues si no queremos encontrarnos con nacionalismos xenófobos y constantes bloqueos separatistas, el prof. Habermas, propone dejar de lado la doble moral entre estados del Sur y del Norte como si fuesen entidades separadas, ya que estamos rebasando una delgada línea roja que reclama una regulación, una nota de corte común desde la cual partir y repartir los recursos que favorezcan una unidad integradora europea y no un simple juego de sillones.

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Tecnopolíticas & CO

Fuente: El Correo Gallego, 24/10/2018

Las humanidades están demostrando una vez más, la imperiosa necesidad que tenemos de ellas. Cuando asistí al congreso internacional dedicado a Nuevas narrativas éticas y políticas en la Facultad de Humanidades-Campus de Ferrol, se pusieron sobre la mesa temas que necesitan una reflexión profunda como la neofrenología digital, los panópticos, la tiranía de las métricas, la inseguridad geopolítica y la estrategia del miedo como espectro devorador de cualquier atisbo emocional en favor de una cosificación conectable de lo humano.

Estamos en la antesala de un modelo estructural que puede valerse de tecnologías coercitivas, que aunque apelasen al consentimiento informado desde el punto de vista jurídico, no se puede medir el alcance o la comprensión de las cláusulas derivadas de la praxis, por lo que no habría una libre aceptación de pleno derecho.

Mientras, los muros instrumentalizan lo negativo y nos mantienen en alerta en medio de fake news sensacionalistas y perfiles narcisistas que ponen en evidencia, no lo que poseemos, sino aquello de lo que carecemos sumado a un cierto nivel de censura irracional, en algunos casos muy poco eficaz a la hora de fortalecer la privacidad y seguridad de los datos personales. Una vigilancia líquida a golpe a algoritmo.

No quiero imaginarme la posible existencia de una única cuenta de usuario que permitiera el acceso a todos los servicios de Internet. Algunas empresas lo intentan monopolizando el mercado de los dispositivos. Esta máquina de guerra nómada nos revela la idea de un engranaje social y técnico en el que se ocultan las bases que sostienen el sistema y aunque en el fondo siempre hemos sido cibernéticos, etimológicamente hablando, el territorio, el mapa sobre el que se están diseñando los prototipos, no es una extensión de la realidad que conocemos sino que será virtual, porque nuestro historial está siendo reubicado y no tenemos control de nuestra identidad tal y como la conocemos originalmente.

Este ecosistema artificial modificado en el que se ponen todas las esperanzas sin considerar la sostenibilidad, la imposibilidad de ser más perfectos, porque en nuestros genes está la marca que llevamos por destino. No podemos hacer de ello una forma de gregarismo para que la ciencia ficción sea una profecía autocumplida.

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Contra todo

Fuente: El Correo Gallego, 12/9/2018

Estamos en un estado de malestar y no es cuestión, únicamente, de un relajamiento de la moralidad en nuestros usos y costumbres diarios, sino la combinación de la liberalización (no liberación) con una forma de prohibición cultural. Me explico: una persona no puede ser, estar o manifestarse como realmente es y más aún, cuando le añadimos un mercadeo denominado consumo a una hipersexualización de cualquier tipo de contenido: publicitario, musical, informativo, etc. Una adoración al mito de la eterna juventud -que estamos trasladando incluso a la tecnología- que provoca un embrutecimiento de la vida en todos los niveles, movida por la incitación del cuerpo joven como valor en alza e indicador de éxito.

Coincido con el prof. Mark Greif cuando sostiene que esta característica aislada sólo representa un ideal, el espacio en blanco, en el que no hay nada impreso salvo una evitación del paso del tiempo y un desafío hacia nuestra propia naturaleza. Por este motivo controlamos cualquier característica humana que tenga que ver con lo biológico: sexo, deporte y alimentación. Las tres son monetizables por las grandes industrias y medibles, por lo que suponen un excelente mecanismo de control de nuestra productividad y resistencia.

Hoy, igual que ayer, todavía hay una selección natural, pero mucho más sofisticada, ya que se trata de purificar y reforzar la política del cuerpo y satisfacer las exigencias externalistas recomendadas por corporaciones poco ortodoxas de expertos en pureza, optimización y regulación de nuestro sistema. Presiento que algún día se rehusará a atender lo enfermizo, lo extraordinario o lo desconocido porque puede que no tenga derecho a existir ya que se aparta del canon. Seremos la parte (lo que comemos o ejercitamos) por el todo y no lo que queremos o estábamos destinados a ser. Cuando el pensamiento crítico falla, todavía quedan esbozos de perfeccionismo como el propuesto por Thoreau o el esteticismo.

Incluso la cultura de la muerte, en la que nos hemos instalado, también está condicionada por el valor económico de la sostenibilidad (status) y el sentimiento se subordina a experiencias como el sexo, la embriaguez o los viajes. Ser con los otros es experimentar en lugar de contar con, porque es mejor consumir la vida aún a riesgo de romperla.

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Hashthink

Fuente: El Correo Gallego, 26/8/2018

¿HAY algo más allá del arcoíris? Me pregunto qué respondería una inteligencia artificial con ciertas cualidades ¿Serían códigos de barras en el aire o una espectroscopía del cosmos? Y es que los dominios de la lógica borrosa también están poniendo su mirada en la creatividad, como en el caso del reciente libro del prof. Enric Trillas.

La vaguedad (fuzziness) es una razón mediadora igual que el arcoiris. No es un simple conector deductivo con su propia entidad, estructura y sentido común. Para atrapar su esencia no hay cálculo de probabilidad ni lógica Booleana que pueda encerrar su misterio. El lenguaje tiene sus límites y justo en esa frontera nace la singularidad propia del ser humano: La vida de los sentidos en lugar de aquella otra que podremos compartir con las máquinas.

Pongamos por ejemplo, que tuviese una cadena de caracteres formada por varias palabras concatenadas, a modo de etiquetas o hashtags para generalizar la “difusión” de un mensaje mediante una función hash o algoritmo que actúe como resumen al que se le pueden añadir más o menos parámetros que concreten propiedades o atributos clave deseables en el contexto que se va a utilizar. Esos datos comprimidos crean un conjunto imagen similar al que se produce en una composición artística en la que los elementos forman parte del conjunto hasta que son ordenados en niveles superiores e inferiores en relación a la palabra o contexto predominante que normaliza las propiedades asociadas (metadatos).

La creatividad es la capacidad de conectar datos no estructurados de forma flexible, pero identificando una serie de niveles o capas con las que obtener mayor índice de verosimilitud por aproximación y no por denotación. Es posible que todo lo que rodea a los sistemas inteligentes se vea en términos de utilidad -para seguir vivo o facilitar el proceso- pero lo verdaderamente importante no se rige por esa categoría aunque nos obsesionen las hazañas que tienen que ver con las cosas (IoT) y no con las personas, pero es la cultura la que nos señala las posiciones relativas al origen del ser ya que no hay hechos tan objetivables que no estén impregnados de teorías sociopolíticas.

La preocupación por la dignidad humana debe ser el comienzo para que nuestros artefactos sean fruto de la ilusión y del deseo de asombro, como forma de co-creación conjunta en esta tierra de la que todavía desconocemos gran parte de sus misterios.

 

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Phygital (II)

Fuente: El Correo Gallego, 8/8/2018

El cambio. Vivencias banales. Misión: analizar con detenimiento lo que funciona bien en el mundo analógico para no destruirlo con las prisas en ese denominado proceso de transformación digital.

Supervivientes. Sólo aquellos que la industria pueda abarcar con carreras mucho más convencionales. Entonces se abre la caja de Pandora: ¿qué ha pasado? Como si nos hubiéramos quedado dormidos en el metro, todo ha ido muy deprisa y fuimos vulnerables al desconcierto, al entorno, porque no lo vimos venir.

Se ha perturbado el orden, la frecuencia que llevaba a los mamíferos a aguas tranquilas ya que ahora quedan varadas en la costa. Mientras los auriculares manipulan el espacio de aquel hit en mp3 como medida efectista de contacto con la realidad. Ocurría una vez más. No había lugar para el latido “speak to me”, mientras cruzamos las calles de la gran urbe.

¿Ahora me oyes? Escuchar, hablar, informarse ¿es smart? El caso es que sean contenidos inteligibles, aunque ni gritando se acortan las distancias. Pero ¿dónde estás? Dependiendo del sentido que queramos dar a la pregunta, puede tener respuesta o no. Hay un capricho por geolocalizar llamadas cuando al ciudadano local lo atienden desde otro continente, que al final es mejor perderse.

Un tuit, una publicación en Instagram, una foto en Facebook para llegar al cerca/lejos en términos de distancia de relación. Y eso es todo lo que tenemos que comunicarnos, en respuesta al Whatsapp, nuestro interlocutor intermediario vigilante.

Así son las frecuencias que definen el paradigma digital, aunque no son pocos los que quieren volverse atrás porque no pueden soportar la legimitimidad del vértigo, la distorsión de los sentidos. ¿Es aquí donde debemos estar o es posible la desconexión voluntaria y legítima a la que también deberíamos tener derecho?

Mientras las guerras de volumen del desarrollo maximizador y el solucionismo automatizado se amplifican potenciado microrrebeliones sociales, algunos seguimos sobreviviendo en la zona roja de la distorsión digital de los medidores y las audiencias, sin poder encontrar un botón para silenciarlos, poder elegir y recuperar el espacio. Al fin y al cabo, no sentimos el tiempo digital cuando lo recibimos. Es el mito de hacer eterno lo transitorio.

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Revolución involucionada

Fuente: El Correo Gallego, 27/5/2018

REVISANDO unos artículos sobre ingeniería de métodos y movimientos relacionados con el marcaje que han tenido en las revoluciones industriales, me sobreviene el pensamiento de que algo han tenido que ver a la hora de demarcar el tipo de fuerza productiva que realizamos hombres y mujeres. El trabajo en el campo, la artesanía o el trabajo en fábricas supone realizar tareas operacionales, que de forma continua y “mecánica” viene realizando la mujer, mientras que las tareas intelectuales, que requerían mayor creatividad y análisis, generalmente, se destinaron a los hombres, generando un valor y un tipo de producto muy diferenciado.

Esta es una era de convergencia gracias al conocimiento y a la formación recibida, pero tengo la impresión de que no está validada por un consenso social, sino que nosotras ascendemos en el escalafón, a mandos intermedios, porque ya se encargarán los robots de asumir esa mano de obra “esclava”. Es como si el patriarcado hubiese diseñado una extraña fórmula de democratizar a futuros, sin poner sobre la mesa las cuestiones que verdaderamente importan: nuestros derechos.

Todavía sigue siendo noticia que una mujer llegue lejos por sus propios méritos, como si no fuésemos seres portadores de sabiduría: la que se tiene por naturaleza y la relativa a las propias capacidades cognoscitivas. Hay que cambiar el aspecto normativo de la sociedad, para que hechos como los que vienen ocurriendo en la actualidad dejen de suceder y pueda haber una verdadera convivencia sin violencia. La violencia que ejerce la razón, impuesta por el lenguaje y el tratamiento de la información.

No queremos que los sistemas inteligentes nos liberen de tareas rutinarias como una respuesta a la conciliación o a los cuidados, deseamos un sistema sostenible, una ciudadanía de pleno derecho que colabore y codiseñe un presente con nosotras, las mujeres. Dejemos de jugar a una doble moral y a un solucionismo tecnológico que acerque posiciones, porque así dejamos todo en manos de un sistema pendiente de reformas.

Falta tiempo para dedicarnos a lo más importante: estar en paz. Dejar de construir sobre los cimientos de la violencia, pensando que lo que nos rodea es una amenaza. Pero recordemos que sólo se trata de vivir y que cada día tiene su propio afán. No lo hagamos más difícil.

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Phygital

Fuente: El Correo Gallego, 16/4/2018

SI hay algo que algunos de mis colegas e incluso yo misma, no terminamos de comprender, es la taxonomía y los neologismos que traen consigo la tecnología o el mundo de los negocios. Llega a un punto en el que no cambia la esencia, pero sí la palabra que antes englobaba unos contenidos o una determinada formación. Palabras cuya obsolescencia parece estar programada. Una cosa es que añadamos la palabra digital a algo que antes era analógico, con motivo de un proceso de transformación y adaptación al cambio o que exista un nuevo término para designar un área de conocimiento experimental: Madí, Glitch, Hipermedia, Holopoesía, Geohumanidades, Ecoarte, etc. Nada hay de malo en ello, salvo que marca las distancias con otros interlocutores válidos que pueden, o no, verlo tan claro.

Otras denominaciones como Big Data Analyst, Project Manager y similares son mucho más perniciosas porque no sólo es cuestión de anglicismos sino que hacen placaje y designan puestos de trabajo específicos dentro de un organigrama empresarial, como un sublenguaje destinado sólo a iniciados. Podemos traducir el término, pero no tendremos tan claras sus funciones, salvo que nos adentremos en una nube de tags asociadas. No hace mucho leía un artículo en una revista y me encontré con la palabra que da título a este texto. No había diccionario que reflejara el significado de aquel híbrido de physical + digital. Es decir, una nueva técnica de mercadotecnia para integrar una estrategia de marketing 2.0 unido al tradicional, como forma de abarcar un público más amplio.

Pues bien, ¿No es eso lo que lleva haciendo el marketing digital hasta ahora?¿Dónde está la novedad? En este caso, el fin no justifica los medios, porque no damos un verdadero contenido a lo que “vendemos”. Si hiciésemos un gráfico de recurrencia con ellas, al menos en redes sociales, seguro que nos sorprenderíamos de los resultados. Esta nomenclatura es totalmente artificial y hay que ser conscientes de que estamos sacrificando en el altar de la técnica, palabras de gran recorrido y alcance, con reconocimiento social / epistemológico, para revestirlas de actualidad, dándoles un papel que no les corresponde, marcando tendencias y generando duplicidades, espejismos que pronto se olvidarán en nuestro archivo blando de la memoria.

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Just walk out

Fuente: El Correo Gallego, 2/3/2018

Cuando las revoluciones tecnológicas dejan de lado el factor humano disociándolo del entorno y del día a día, provocan una automatización de la vida en la que el encuentro no tiene lugar. No puedo imaginar nada más anónimo que entrar en una tienda llena de objetos, sin un solo ser al que dirigir la mirada. Sea un dependiente o personal de caja, por citar un ejemplo. Gasolineras, cajeros automáticos, autoservicios 24 horas ya están deshumanizados desde hace mucho tiempo y los gigantes del e-commerce comienzan a abrir tiendas físicas en las que pasar por caja ya es historia.

Basta con haberse registrado y tener una cuenta integrada con la app en cuestión, mientras unos sensores inteligentes van registrando tus adquisiciones. Curiosa paradoja entre lo presencial y lo virtual. Me pregunto si esto va a hacernos la vida más fácil o más insustancial. Es como si se rebajara de nivel todo aquello que forma parte de las relaciones humanas de proximidad, sustitutos o inferiores en relación a los sistemas que nosotros mismos hemos creado.

¿Qué pasará con aquel dependiente que nos saludaba, aconsejaba o conocía nuestras preferencias y nos daba asistencia si teníamos algún problema? ¿Pasaremos por otra revolución luddita? No quiero ponerme distópica, pero estamos haciendo grandes renuncias personales en favor de grandes corporaciones que tendrán nuestros datos, el número de cuenta, detalles de nuestras compras almacenadas en sus bases de datos sin contar con la monitorización e hipervigilancia mientras realizamos tareas rutinarias como seleccionar un artículo. No puedo imaginarme un mundo mejor (ironía).

Poco a poco nos están entrenando y appificando para ir silenciando nuestra capacidad crítica, así nada nos resultará extraño. Las revoluciones son silenciosas y se disfrazan con un halo de confort o prestigio -cuando sólo son voluntad de poder y dominio-. Sólo tenemos que mirar a la pantalla del móvil y sonreír. Pero tranquilos, esto sólo es un selfie para decir que estuve ahí. Sí, en esa nueva tienda tan trendy que los influencers (ya no los dependientes) recomiendan.

Ojalá nunca tenga que decir esto, porque justo en ese preciso “instante Instragram” habría caído en la cuenta de lo que ocurre cuando el desierto florece y nos invade la nada. Y así comienza otra historia interminable.

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In-nova (acción)

Fuente: El Correo Gallego, 17/1/2018

Estamos en la era de las deconstrucciones y la palabra que sirve como título a este artículo no podía ser menos, ya que no está exenta de paradojas. La innovación se ha convertido en una marca de gran consumo, una palabra comodín o icónica que encubre el deseo insaciable que tenemos los seres humanos por lo nuevo. Un instinto que no guarda correspondencia con la curiosidad o la creatividad, como palabras clave, sino con la productividad, la mercadotecnia o un I+D vinculado a los departamentos de calidad. Se trata, únicamente, de visibilizar un prototipo mediante técnicas de ventas y testeo que verifiquen la viabilidad industrial, además del coste-beneficio.

Pero, ¿cómo enfrenta la innovación los problemas culturales, sociales o económicos?, ¿convertimos a las personas en prescriptores?, ¿hablamos de marcas o de la banalización de un concepto?

La innovación no es un patrimonio empresarial, sino un motor de desarrollo. Podemos cambiar la carcasa, la apariencia de las cosas, pero no la esencia de las mismas. Es posible que hayamos logrado generar productos más seguros o eficaces, pero la calidad debería estar estrictamente unida a la duración y a otros estándares, que no se contemplan, ya que los mercados son volátiles. No hay nada nuevo (in-novador) porque en el fondo es una actitud y sus pilares básicos están en la acción y no en estrategias de dudosa transparencia o ética. Porque la innovación puede estar en el grafeno, por citar un ejemplo, pero el fin no justifica los medios.

Por este motivo me pregunto cuál es la causa que impide que la innovación social o la participación ciudadana tengan menos calado, cuando es la más disruptiva y afecta directamente a las fuentes de negocio que aseguran el crecimiento a largo plazo, ya que inciden en el estilo de vida de las personas que los diseñan y además crea vínculos. Es un modelo cualitativo que no necesita presentación y además garantiza la sostenibilidad, incluso valiéndose de las nuevas tecnologías para ser operativas.

Es decir, llega incluso a tener más impacto, porque es asequible, relevante y puede tener alcance si se apuesta por impulsar este modelo. Dejemos de lado el lenguaje oscuro y demás aditivos, porque la novedad, en el fondo, lleva en su sino la extinción.

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Enred@dos

Fuente: El Correo Gallego, 21/12/2017

Nuestra dependencia de la redes sociales es ya un hecho, pero todavía no se ha explorado la flexibilidad de un modelo no jerárquico y horizontal en el entorno de enseñanza-aprendizaje. Su potencial está aún por desarrollar, ya que hasta el momento sólo los MOOCs y los webminars han cobrado protagonismo.

El nivel de innovación educativa es proporcional a la capacidad de creación de experiencias sociales y colaborativas. Hasta ahora, todo se ha centralizado en la web como medio de consulta y descarga, pero el cómo comunicamos y cómo aprendemos determina la construcción de nuevos fundamentos y escenarios emergentes.

Decía Siemens que la belleza de las redes reside en su simplicidad inherente, ya que viene definida por los vínculos entre los usuarios y el conocimiento distribuido. Los ambientes personalizados crean un espacio en el que ya no es importante el acceso a la información, sino también a unos determinados servicios a partir de un multiplicidad de canales, centrados en el estudiante, que podría agregar, configurar y adaptar los recursos existentes a sus necesidades.

Es el momento de optimizar las oportunidades estratificando el nivel personal, profesional y educacional como factores de cambio metodológico, ya que no hay un único modelo pedagógico (sólo el imperante, en apariencia). Los alumnos, cada vez más, desean adquirir destrezas desde la curiosidad y el intercambio y los docentes desean tener mayor dedicación a la investigación, para poder reactualizar sus conocimientos.

Prueba de ello es una reciente investigación, en la que empleando técnicas de análisis de datos, se valoraba la motivación para utilizar redes sociales académicas institucionales. En la mayoría de los casos los alumnos afirmaban que no querrían vincular sus redes personales al ámbito académico, pero sí utilizar redes específicas para tal fin -como lo fue en sus inicios el mítico Facebook- pero en este caso, como herramienta de apoyo al aprendizaje. Los resultados hablan por sí solos: un 67 % sería favorable a utilizar una red como fórmula educativa, un 44 % lo emplearía como sistema para hacer contactos profesionales y un 55 % para abordar temas de interés en foros. Este hábito podrá ser una forma de incentivar la participación, en términos de divulgación y alcance dentro de una comunidad que debe renovarse.

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Ecosofía 5.0

Fuente: El Correo Gallego, 20/8/2017

Cuando hablamos de rehabilitar espacios, de recuperar la memoria histórica de un lugar, a menudo nos olvidamos de que el punto de partida para actuar sobre el territorio nace de una premisa esencial: la ecología mental. Aunque Félix Guattari hacía hincapié en las tres ecologías, desde un punto de vista teórico, creo que la ecología social y ambiental, parten necesariamente de la primera instancia que es la consciencia o producción de subjetividad a los terrenos de la materialidad.
La irreversibilidad de los procesos productivos, son en sí mismos, un círculo cerrado del que no deriva el cambio ya que los logros sociales legitiman una situación eclosionada, por lo que cualquier posible tratamiento del problema siempre se suaviza o se externaliza, tanto a nivel mediático como pedagógico.
De ahí que las cumbres medioambientales sean papel mojado, aunque la incógnita de la supervivencia en la tierra sea una evidencia sintomática: recalentamiento, superpoblación, agotamiento de los recursos, etc. Diseñar un modelo energético o de crecimiento no es el objetivo de esta singular búsqueda del Grial. La propuesta debe partir de una reorientación existencial que produzca una reducción de la demanda a todos los niveles. El frente abierto está en el tipo de relaciones sociales que generamos y en la mentalidad en la que fuimos educados. No es cuestión de activismos explícitos, sino de actitud. Son nuestros comportamientos los que avalan un cierto tipo de desarrollo, que ya no tiene una finalidad humana, sino económica.
La organización cultural y la articulación simbólica necesitan de un estudio etnográfico y ontológico profundo. Desde el activismo, se busca la transgresión y la desobediencia cívica, pero la ecosofía no opera de ese modo. Necesita un movimiento plural que afecte a la totalidad de la vida, mediante experiencias y un reconocimiento de lo real-posible tanto a nivel analítico como pragmático. No se trata de una lucha de poder, sino de potenciar una alternativa, haciéndola visible con nuevas herramientas de comunicación, dejando de lado el prefijo post- en favor de un re- de renovación.
Y es que la vida real nada tiene que ver con los anuncios. Pasemos del narcisismo 3.0 a la ecosofía 5.0, en el que el mayor avance no sea un dispositivo artificial, sino nosotros mismos.

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